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EL GALLITO LUIS

 

Ilustración & Texto:  Esteban Selios

 

 

"Llevo mi corazón como bandera a través de la tormenta” (Malpaso)

 

 

Nunca nadie se animó a abrir esa puerta, pero él llevaba su corazón como bandera, y había sido el artífice de todo. El mago de la fiesta. Pero al más viejo se le había encomendado la preparación de una celebración de fin de cursos. Tenés que hacer la “producción”, le decían y él repetía, influenciados por la carrera cinematográfica que los unía en aulas, y por el vocabulario que se terminaba absorbiendo por ósmosis luego de tantas horas junto a los otros compañeros, decadencia de una oligarquía del tercer mundo, altiva y estúpida. Así que El Más Viejo salió una semana antes a recorrer andurriales, piringundines y cabarets en busca de los presupuestos del amor. Calle San José y afines. Rubros para un solo trago por lugar, Viejo recorrió Desde Píkaro’s a Night Clausen, desde Baires hasta una casa de masajes recién instalada. Recuerda que llegó a las 10 de la mañana, y si bien el volante que había agarrado con disimulo por 18 de Julio prometía que estaría abierto a esa hora, tocó timbre con cierto pudor. Le abrió una linda cuarentona y un albañil que lo invitaron a pasar. “Pero yo solo quería saber cuánto, y si van a domicilio...”, dijo tímidamente, aunque la insistencia cordial y la rueda de mujeres que se veían al fondo del caserón tomando mate con los albañiles que reformaban el lugar, terminaron por convencerlo. El olor a cal de la cocina estaba todavía fresco. Le arrimaron un taburete y un mate. Averiguó lo que necesitaba, dijo que estaba quedando todo muy lindo, y pidió otro mate, “pa no irme rengo”, dijo ya sin vergüenza y con ganas de volver otro día con más tiempo. Pero la noche fue diferente. Entró en el lugar más caro de Montevideo. Gastó más de lo que debía en whiskys nacionales, deslumbrado por la belleza de mujeres que se le hacían intocables por tan bellas, y que por aquel entonces costaban mil pesos... y lo peor de todo, ninguna trabajaba a domicilio. Eso complicaba las cosas, ya que la idea era juntarse en el apartamento piso 13, sede, refugio y palacio de 3 dormitorios. El más viejo supo ver que lo mejor sería ir a cierto cabaret de medio pelo y festejar ahí lo que fuera menester... Así que el viernes de noche El Más Joven, El Más Viejo y El Casanova se internaron en la oscuridad de alfombras y sillones de cuero marrón, bien tempranito se sentaron cerca del caño y esperaron que la corriente comenzara a fluir. Recién abrían, pero al minuto aparecieron tres señoritas muy interesadas en el motivo de su visita, muy simpáticas y sugerentes. El más viejo decía que era doctor, aprovechando una barba espesa y unos lentes de descanso, y la morocha lo miraba y decía que parecía el más bandido. Y qué les parece muchachos, ¿la hacemos acá?, preguntó el doctor. No da, dijo El Más Joven, y El Casanova hizo un gesto de aburrida indiferencia. Es muy caro y acá no vamos a hacer nada. Vámonos, dijo seco El Más Joven y optaron por seguirlo, como solían hacer. Llegaron al apartamento algo abatidos pero ilusionados, ya que ahí los esperaban las botellas, los ácidos y la marihuana. Antes de comenzar se saludaron:  “hasta luego”, ritual y cábala para un buen viaje.

 

 

Masticando la idea de un fracaso como productor, El Mas Viejo miraba al piso para poder ver la música que sonaba afuera y adentro de su cuerpo. Fue cuando El Más Joven alzó la vista de su vaso de cerveza y mirando a un rincón preguntó: ¿Eso que tenés ahí es el Gallito? Sus ojos duros no parpadeaban, como sabuesos que han encontrado una presa inesperada. Señalaban la mesa donde estaba el televisor, una de esas hechas con caños y rueditas. La parte de abajo estaba cubierta de diarios viejos. Muchos de ellos suplementos clasificados. Triste ilusión dominguera del que necesita y no puede trabajar. Había varios ejemplares del Gallito Luis. Cuál querés? Dame ése, dame, dale!! Sucede que en estos suplementos también hay un rubro de servicios ofrecidos, donde varias princesas dejan sus números y cualidades, pidiéndote que las llames. Sin fotos en aquellos días, solo letras, solo nombres, solo números. A los 2 minutos El Más Joven dijo: ¡Ésta! ¿Cuál? ¡Ésta! ¿Y cómo sabés? ¡Ésta! ¿Y si no está buena?...  Nos miró a los ojos y le avisó al más viejo que le iba a usar el teléfono para llamar. La noche había cambiado. Ahora esperábamos ansiosos la llegada de una ninfa inimaginable. Pero Fiorella es nombre de gorda fea, pensaba el Más Viejo sin opinar.  Mientras tanto intentaban sin éxito mirar un video de Porcel y Olmedo que habían alquilado para la bizarra velada, ya que el aparato andaba mal y, si bien se escuchaba, no se lograba ver nada. Sonó el portero y el corazón nos dio un salto. Bueno, vayan a abrir, dijo El Mas Joven, yo ya hice la movida. Pero fue inútil, El Casanova y El Mas Viejo estaban paralizados por el pánico paranoico de un momento de trip. Dame la llave que bajo yo, dijo finalmente el benjamín. Pareció que pasaron horas, y cuando apareció por fin con ella nos dimos cuenta de la delgada línea que separa la fortuna del talento.

Era una mulata hermosa, de rasgos muy delicados y cuerpo de modelo. No más de 24 años. Y buenos modales, le insistimos en convidarla pero se negó rotundamente. Llamó al taxifiolo que la esperaba abajo y le cortó, con uno de aquellos celulares que parecían armas en el cinturón. Bueno, ¿empezamos? Dijo ella. ¿Y qué hacemos, una fiestita de 4? Ante la sorpresa de la  propuesta y la posibilidad de que llegaran los otros inquilinos de la casa, el viejo sugirió el uno a uno, se usaría su cuarto. Este lugar estaba acondicionado con una expresión artística de lo más oscuro del alma del Viejo. El techo era negro, pero inundado de estrellitas fluorescentes que brillaban en la oscuridad. Constelaciones de locura se mezclaban con burbujas de colores brillantes. Las paredes eran bloques grises dibujados y con agujeros, a través de los cuales aparecía un monstruo con cara humana de dos expresiones, totalmente fluorescente en verde y anaranjado. Al igual que una silla, que destellaba en medio de un tubo de luz negra. Fiorella quedó encantada.

 

Primero pasó El Casanova, y a la princesa le dieron gracia sus calzoncillos con dibujos de helicópteros. Mientras tanto el video seguía sin verse, pero justo en el momento en que se abría la puerta del cuarto y Casanova salía entre sonriente y pudoroso, comenzó a verse la película y en ella  a un Olmedo de túnica blanca gritando desaforado: ¡que pase el siguiente paciente! No lo podían creer, el joven y el viejo se miraban y reían. En realidad sí lo creían, sabiendo de cómo conspira el cosmos cuando el ácido te agarra como tornado y te muestra cómo es una tormenta desde adentro. Pasó el dueño del cuarto y ella estaba en ropa interior, y por supuesto, zapatos de taco aguja.

Después fumaron un cigarrillo sintiendo el viento de una madrugada de verano, mirando por la ventana y conversando de filosofía y música en tetas y con dos vasos. El frío jugaba en su pecho, ella reía y la noche brillaba, pero se había acabado el dinero y el turno, así que salió y un rato después entró El Más Joven, que estuvo más tiempo de lo debido, pero lo dejaron, se lo merecía.

 

Las endorfinas revoloteaban como maripositas en la cabeza. Ella se había ido, y la noche fue perfecta. Rieron un poco y bebieron bastante más. Felicitaron por la hazaña al más Joven,  Obdulio Varela del descontrol, que simplemente por impulso, había dicho ‘tuya, Viejo’ haciendo cambiar la historia.  Se fueron con el amanecer en dos ómnibus que llevaban rumbos opuestos. El mas Viejo se quedó a contemplar el amanecer. Dos ventanas, una hacia el Este, la otra hacia el Oeste. Y el amanecer sobre la capilla del Cerrito de la Victoria se anunciaba entre nubes que de pronto se hicieron de fuego, tomando formas y movimiento. Corrió hacia el Oeste, y ahí el cielo era de un celeste perfecto, un suave turquesa salpicado por nubes de algodón... y reinaba un gran silencio. Contempló el cielo y el infierno por un momento que olía a eternidad. Los contempló hasta verlos fundirse. Se dio cuenta que estaba haciendo lo mismo por segunda vez, pero ahora desde afuera.      

 

 

 

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