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HEROES DEL SILENCIO 

EN VIVO EN BUENOS AIRES 

 

Muy buenas noches 

ciudad inmortal

 

Por Clementina*

 

 

Pasaron siete años desde la última vez que viajé a Buenos Aires. En aquella ocasión todavía no había cumplido los dieciocho, razón por la cual mis padres tuvieron que ir de apuro a tramitar el permiso de menor. Finalmente viajé. El motivo no era otro que ver a Bunbury. Y no solo lo vi en concierto presentando el Pequeño Cabaret Ambulante, sino que me di el gusto de subir los veintitrés pisos del hotel Panamericano y conocerlo personalmente, entrevista de por medio.

 

Descubrí a Héroes de Silencio cuando ya hacía dos años que se habían separado. Me acuerdo que esa mañana mi hermana se levantó antes que yo y antes de irse del cuarto puso un disco que le habían prestado. Escuché entonces desde la cama los primeros acordes de La Sirena Varada y fui directo a encontrar el disco para saber de qué se trataba. Cuando vi la foto que acompaña el arte de tapa de El espíritu del vino recuerdo que me reí de aquellos tipos sobrecargados con postura de roqueros barrocos. Sin embargo volví a poner play. Yo en ese entonces tenía quince años, y lejos estaba de saber que mi gusto por los héroes se extendería hasta hoy. Gracias a ellos me entero que Bunbury es un nombre artístico extraído de una obra de Oscar Wilde lo que me lleva indefectiblemente al El Retrato de Dorian Gray, libro que está entre mis preferidos. Me acerco a los poetas malditos y descubro que Las flores del mal es uno de las cosas que salvaría si mi casa ardiera en llamas alguna vez. Entonces un día mis padres me tramitan el permiso y me voy a ver a Bunbury con la convicción adolescente de cumplir un sueño.

 

Siete años después un amigo me comenta al pasar que se juntaban los Héroes. Desestimé sus palabras argumentando que posiblemente se trataba de un rumor. Pero no era un rumor. La única banda que había sobrevivido en mis preferencias el paso de diez años se juntaba y tocarían en Buenos Aires en setiembre. En marzo compré las entradas, y esa certeza se convirtió en  mi reserva de alegría en un año de esos que una considera olvidable, excepto por algún que otro motivo.

 

Así que el pasado diecinueve de setiembre me fui con un gran amigo a la reina del plata con la entrada en el bolsillo y una emoción que ni un escultor de palabras podría moldear.  Buenos Aires es una ciudad increíble. Con un ritmo que agobia pero que atrapa al mismo tiempo. Mientras esperaba en cada cebra para cruzar la calle, no llegué a ver un dinosaurio proyectado en una pantalla de tecnología inaccesible, pero nunca dejé de sentirme un personaje de Lost in Traslation. Entonces empezás a comprender por qué los porteños no pierden la capacidad de asombro en su propia cuidad. La hospitalidad y la onda de la gente hacen que recuerde cada cara con la que interactué. En un bar me echaron delicadamente porque estaban cerrando. Sin embargo al otro día volví y la moza que se acordaba de mi me ofreció sus disculpas y una recompensa. Modestamente le pedí un vaso de agua, y me regaló uno con gas. El agua es cara en Buenos Aires.

 

Vas caminando por la feria de San Telmo, en donde todos los precios están pensados para ser pagados en euros y de pronto te encontrás con una mina que sostiene un cartel: “abrazos gratis”. Entonces fui y la abracé. Y fue un abrazo lindo acompañado por una sola frase: “que estés bien”. Entonces seguís caminando con la energía de un auto de fórmula uno que paso por los boxes. Y el abrazo de un desconocido no te hace sentir como un extraño.

 

Y de pronto me meto en un mercado de pulgas y por fin encuentro el póster de Pulp Fiction que vengo buscando hace años. Voy y lo compro sin pensarlo, y cuando me estoy yendo la dueña del lugar se me acerca y me obsequia, por haber sido tan “copada”, un imán de Pulp Fiction a tono con el póster. Todavía faltaban unas cuadras para el abrazo gratis, pero el gesto ya me había dejado más que contenta.

 

Entonces llegó mi gran noche. En Buenos Aires las distancias son largas, motivo por el cual tardamos en llegar al Club Cuidad una hora en taxi. Y los tacheros son como sofistas motorizados que empiezan a desgranar un discurso corrosivo y sorprendente. El tipo que nos llevó a ver héroes abrió la conversación recomendándonos una calle en la que se podían encontrar objetos de audio a un precio accesible, por supuesto previamente robados. Y el tipo no paró. Un monólogo que se me figuraba stand up. “Kirchner corta el queso y unta el dulce, no sabés pa dónde mira el hijo de puta” “Maradona es una rata, mala gente. Es un secreto a voces”. “Tévez es tan feo que cuando nació la madre le daba el pecho de espaldas”, fueron algunas de las máximas que me acuerdo, entre todas las que nos regaló su verborragia con olor a gasoil. Y mientras iba escuchando todo eso, miraba el reloj con impaciencia porque en teoría faltaban diez minutos para el comienzo del recital y nosotros estábamos a 30 cuadras del mismo. Finalmente llegamos, y llegamos en hora. Agarré a mi amigo de la mano. Empezamos a caminar por las carreteras valladas entre la multitud y mientras dábamos pasos ansiosos toda la emoción que tenía acumulada se convirtió de apoco en un nudo en la garganta que derivó en un par de ojos vidriosos. Mi amigo en un momento me pidió que lo soltara porque le dolía la mano por lo fuerte que lo estaba agarrando. Entonces la multitud fue tapando los espacios vacíos del cubre césped, y mi silencio fue el cómplice de los miles de pensamientos por minutos que me venían a la cabeza mientras miraba aquel escenario vacío.

 

En la previa pasaban música, y tuve el gusto de escuchar al hilo Girl youll be a woman soon, Where the wild roses crow de Nick Cave y London Calling. Y de repente se apagan las luces y vuelvo a agarrar a mi amigo de la mano. Dos pantallas empezaron a proyectar la silueta de  Juan Valdivia y Joaquín Cardiel con un tema sorpresivo para el comienzo de un show de héroes. Nada más y nada menos que El estanque. Y Bunbury apareció y cantó lo que tenía que decir. Las leyes salvajes que empañan mi huída. A esas alturas yo ya tenía conmigo la certeza de que tarde o temprano siempre me salgo con la mía. Mi perseverancia cuando algo me importa es una aliada que no mostró nunca las cartas.  Y fueron pasando los temas, y la garganta de a poco me fue abandonando en proporción a la alegría que tuve durante más de dos horas y media. Y de pronto La sirena varada. Y luego Bendecida, Deshacer el mundo, Con nombre de guerra, El camino del exceso, La carta, Oración, Maldito duende, Iiberia sumergida, Héroe de leyenda, Avalancha… pedí interiormente Tesoro y la tuve, pedí En brazos de la fiebre y cerraron con ella. Bunbury parecía no poder creer estar delante de tal multitud, tal vez acostumbrado a su etapa cabaret, no dudó en decir que Héroes siempre fue una banda teatral que se había gestado de hecho en un teatro. Y el tipo parecía distendido y habló mucho y contó cosas, y cuando se percató que la única disconformidad del público era a partir de un sonido bajo, calmó los ánimos retrucando: “pero yo canto fuerte”.

 

El show se extendió por más de dos horas y media. Y cuando abandonaron definitivamente el escenario me quedé parada como una diminuta isla en medio de un río de gente que fluía hacia la salida. En ese momento no podía creer haber visto a los Héroes. No podía creer haber cantado cada una de las canciones mientras contemplaba aquel espectáculo. De Buenos Aires me traje ese tipo de recuerdos que uno podría narrar de forma anecdótica una y otra vez con la misma inquietud. Infinitas gracias Mayfly por haber sido un cómplice de lujo y por haber compartido toda la emoción. Ahora solo me queda brindar en silencio y emborracharme, de vino, de poesía o de virtud. En definitiva el camino del exceso debe conducir a algún lado.

 

 

 *Autora el Blog Escrito en la ventanilla, donde fue publicado este texto: http://escritoenlaventanilla.blogspot.com 

 

 

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