Desorden Alimenticio

Por Esteban Selios

Queriendo evitar la cena una vez más, pienso en el desorden alimenticio como diagnóstico de algo que alguna vez capaz. Ensalada de lechuga con duraznos en almíbar, polvorones con sardinas, merengue con vinagre y aceitunas. El doctor me dice que sí, y me receta unas pastillitas  que no son para eso, con las que cuidadosamente adorno la polenta. Y no tomés, me dice, y me muero de sed contemplando el agua mineral y el aceite cocinero en los estantes del mercado. Pero si no tomo me muero, le digo luego,  y me receta otras pastillitas con las que adorno un centro de mesa precioso con florero, y un agua podrida que me sabe deliciosa. Pero que no se sepa, que no se note. Así que me lavo los dientes y me como la pasta, qué joder. Al fin y al cabo no somos más que caries pretensiosas en una muela vieja forrada de mercurio.  Y el doctor se entera y me prohibe el cepillo, carajo, carajol con un vaso de agua entonces. ¿Pero cómo, entunicado medicamentoso?, ¿no era que no podía tomar? No encandiles al hablar, eso te separa del conjunto heterogéneo al cual todos deberíamos rebelarnos. Pero doctor. Pero nada. Nada. Nada y no te ahogues en las ciénagas del alma, que es para pelotudos y perros de circos tristes. Y me sigue hablando como sin orejas, y entonces ya no lo escucho. Porque si dice así entonces mucho no sabe, y porque a pesar de todo las garrapatas siguen picándome donde sé que nunca me podré rascar.

 

 

 

 

 

 

 

 

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