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 ABUELO Y CHARLY

Texto e Ilustración:  Esteban Selios

Como todos los martes fui al bar de siempre, refugio perdido en el radio céntrico de la ciudad del interior donde vivo. Alejada de la costa y todo, como solía decir cierta hermana menor que sigo teniendo.  No solía ir los martes, pero fui como siempre. Y mirá que hablo con gente, y con la gente que hablé esa noche había hablado hasta la lengua seca, hasta ‘metengoqueir’, hasta fingir responsabilidad a través de un mañana madrugo. Pero siempre sin comprometernos, boyando en la superficie de banalidades que nos salvaban del tedio y nos mantenían a salvo. Fueron dos. Uno se acodaba ni bien me veía, yo un pseudo leído versus un flamante septuagenario con historias. Músico por vocación, vendedor puerta a puerta por elección  forzada. Porteño desde hace años acá, con su eterno alargar de penúltimas vocales y su ansia lastimera y orgullosa de cantar victorias viejas a la tercer ginebra. Idealista militante, americanista, conocedor y amigo de majestuosos poetas no olvidados por nunca reconocidos, peatón de la cordillera, de Humahuaca,  y ex engranaje de la General Motors office, a la que abandonó sin despedirse el día en que se dio cuenta que la vida no era un sueldo.  Porque El Cuyo..., comenzaba a decir ya en curda, y yo solo atinaba a escuchar la verdadera historia del Aro Aro, llegando de alcanzar con lujo la infinita pena de un indio apaleado y triste, aunque no me hacía mejor, pero sí me ayudaba a ver  por un rato al menos al eterno enemigo. Y eso era más que suficiente.  Por otro lado estaba el hijo del cantinero, un año mayor que yo solamente, pero que me duplicaba en vida y volumen. Coincidimos en el tiempo y el espacio libre de la barra y las palabras comenzaron a escaparse.  

Mientras tanto el bar sudaba por dentro su inconsciencia de bizarro. Botellas por todos lados, botellas de todo tipo. Paredes marrones y amarillas y un techo altísimo. Fotos de la familia del dueño, dos camisetas de fútbol estaqueadas en la pared, estiradas hasta la tortura con pequeñísimos clavos estratégicos, un televisor catorce pulgadas y encima una máscara gigantesca de algo así como el Depredador de Hollywood. Un nido seco de paja, una pieza de artesanía en junco metida en una jarra de cerveza de loza blanca, la mesa de pool, dos sillones bordó cuarteados sillas y mesas y la barra forrada de cerámicas, salpicada ésta última de altísimos taburetes precarios pero cómodos y firmes.  

Los ruidos de la calle iban y venían en una marea de charla. Una ola nos juntó a los tres y nos tiró en las costas de la música. Solo caminamos tres pasos por ahí, folklore, tango, ¿y el rock qué?, dije para poder meter bocadillo y justificar mi presencia en el panel. Y al verlos desconcertados les pegué en plena oreja con un efectivo uno-dos: Luca, Abuelo y Charly . No solo Atahualpa y Discépolo eran poetas, dije y pensé que ya los tenía, que se venía el knock out; ahora era solo cuestión de citar partes de sus letras y llegar a lo más profundo del concepto...  porque a mí el rock, dije... Y fue ahí que sucedió. ¿Qué abuelo?, dijo el viejo porteño sin mirarme, ¿Miguel Abuelo decís? ¿Lo ubica?, pregunté algo sorprendido. Y empezó a reírse, mitad para nosotros y mitad para él mismo. “Yo salía con la hermana de él.”  Nos contó solo un par de cosas, que pidió no repitiésemos; sólo las necesarias para que supiéramos que no mentía. Luego sonrió de vuelta pero en silencio, ahora sólo para él, y ya no volvió a prestar atención. Estuvo cinco minutos más en el mostrador. Cuando se iba vi que ya no sonreía. Me quedé hablando entonces con Mauricio, que seguía interesado, como esperando algo, y que algo debía conocer de rock argentino, dada su edad y los muchos años que vivió en ese país.  

Conocedor de la selva de Misiones, hombre de campo, conocía mucho de folklore, pero yo no sabía que parte de su juventud la había vivido en Buenos Aires. Como era de mi generación, decidí hablarle de Charly...  Luego de explicarle básicamente quién era, comenzaba ya a explayarme sobre la anécdota que llevara a García a crear el concepto de “la hija de la lágrima”, cuando él, sonriendo, me interrumpió diciendo que tenía algo para contar. Ahí me enteré de sus años viviendo la noche porteña, ahí supe dónde queda ubicado cierto cabaret que él frecuentaba. Una noche paseaba en auto y al pasar por ahí, saluda al portero y éste le grita: Charlyyyy!!! ¿Qué?, si este sabe como me llamo...  Charlyyy!! Y hacía ademanes. Sin entender nada estacionó y lo fue a encarar. Como respuesta lo obligó a entrar de un empujón. Al bajar las escaleras sintió cómo el portero cerraba las puertas detrás de él. Casi a tientas siguió bajando hasta llegar. Ahí pone una pausa sabiéndose buen contador. No tuve más remedio que bajar la guardia y preguntar qué pasó. Charly García estaba ahí sentado con un grupo de amigos, y  había mandado cerrar el boliche. Después de la tercera vuelta de champagne que le mandó hay detalles que se le escapan. ¿Y a vos el rock qué...? Después de decirme eso volvió a atender la barra, y ya no volvimos a hablar del tema. Derrotado me fui al baño, y al pasar vi que la máscara de Depredador me miraba sólo a mí, y que se estaba aguantando la risa. En el baño respiré hondo y tomé todo el coraje que había llevado, así que al volver la miré de frente, dispuesto a todo, pero ya no se reía. Ahora miraba fijamente a la mesa de pool, donde las bolas parecían recién pintadas y se rompían los dientes cada vez que se encontraban.    

 

 

    

 

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