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 EL TEMBLOR (primera parte)

Por  Esteban Selios

 

Tarde de verano en Las Toscas. Omnibus que va limpiando de a poco, a medida que te saca de Montevideo. Llegaron los tres, pero serían tres más uno. Eso si tenían suerte, si no, serían más. En eso iba pensando el más viejo, con la ventanilla abierta al viento tibio de la carretera que le golpeaba la cara como un augurio incontrolable y violento. Eso lo ponía nervioso y contento, la adrenalina ya sabía demasiado. La transgresión viajaba en un frágil paquetito de papel. 

Al llegar caminata y bromas hasta el camping con cabañas. En realidad sí era camping pero eso no podían ser cabañas. Cuadrados de madera de dos por dos por dos, se reían de nosotros sin vergüenza y sin ventanas. El encargado del camping, el dueño, su rostro serio acentuado por un bravo bigote, su parquedad y una altura de dos metros, que para una persona es buena altura, no así para esa cabañas de mierda en la cual nos confinamos sin chistar. Ni cuenta nos dábamos, o sí, pero no nos importaba; habíamos llegado y eso era lo importante, la diversión no conocía de protocolos ni condiciones. Eran otros tiempos, tiempos en que hasta El más Viejo era joven. 

Las cabañas eran cuchas para humanos. Poquísimo espacio, madera sin lustrar y carente de toda ventana. Luego del desempaque vino el reparto. Estábamos en la puerta destrozando una estrellita dura y negra en plena tarde, mientras ella caminaba dentro de la cucha con un body celeste. Se paseaba como podía, daba acaso 3 pasitos, que era lo único que podía hacer ahí adentro. Pero disimulaba bien. Delgada, joven, descalza y tersa, los ojos se nos fugaban hacia adentro, las ideas se mezclaban y en eso veo que me están jodiendo en el reparto, así que le digo al más joven dame más, que este pedacito no da para nada, y entre quejas y puteadas ligué una considerable yapa. Nos sentamos al sol a esperar la tormenta mientras pensaba cómo hacer para tocarla, tramando planes y jugadas de pizarrón,  mientras la veía ahora recostada con sus piernas leyendo un libro de cuentos de Bukowski.  

Generalmente el color del cielo va cambiando de a poco mientras la brisita se hace viento, pero esta vez la tormenta fue un ataque sorpresivo, certero, potente. Para entonces ya estábamos en la playa, a más de un kilómetro del camping. Los tres, la prima del más joven que había llegado, ¿cuándo?, ella y alguna botella. De un momento a otro el sol se hizo de caramelo, y un rato antes de irse se dignó a regalarme un atardecer con espuma púrpura en las olas blancas que rompían y al hacerlo un sonido nítido, puro, el chasquido al romper la ola y oírla desparramarse impregnando cada piedrita de la arena gruesa y ocre de la costa con un ruido a efervescencia. Ella me invitó a caminar y yo supe qué decirle; la tardecita auguraba noche de fogón y piel. El regreso largo fue de importantes y muy interesantes charlas con la prima del más joven, inteligente, simpática, no muy linda y macanuda.   

Al llegar al campamento aún era de día y por eso lo vi bien. Muy alto, ojos saltones, mirada de psiquiátrico y pinta de rolinga. El novio de ella había llegado. Qué hacés Rosa, le dijo Fernando. Rosa estaba serio y miraba con desconfianza a los amigos campamentistas de su noviecita. Se dio cuenta de lo que pienso, o capaz ella le dijo, pensé, y la adrenalina hizo detonar la sobrecarga que hasta entonces había controlado más o menos bien. Nadie había dicho nada de un novio, nadie me había hablado nunca de Rosa.  

El fuego me encandilaba en la noche y me hacía arrebatar unos chorizos en la parrilla. Ni bien hube acabado con lo que consideraba un deber mal hecho, los dejé masticando con caras de asco y me fui a caminar. El miedo por fin se me pasaba, ayudado por el más joven que se me había sumado. Al verme pasar dejó de amenazar y gritar al dueño del camping, que lo miraba aterrado. “Ya está, ahora nos va a dejar tranquilos”, me dijo satisfecho y me alegré de que alguien se ocupara por fin de eso, si bien nunca nos había molestado.  

Volvíamos con una sidra en cada mano y un escalofrío me corrió por la mano, desde la botella a la nuca. Miré al piso y la vi, ahí estaba, acurrucada en una zanja, una yarará parda y oscura de unos 10 metros de largo por un metro de circunferencia. Pero se movía poco y no quería molestar para no ser molestada. Yo le conté a mi amigo y él me contestó con voz de locutor español que su cuerpo pedía marcha. La charla siguió así. Sudábamos a mares y la sed no se hizo esperar. Yo me di cuenta de que algo no andaba bien, que sólo había llamado unos relámpagos y estaba en medio de un tornado. Por lo menos Dorothy estaba adentro de la casa, pensé, mientras los restos de una saliva espesa y amarga se iban consumiendo. Ya no más alcohol, no más humo, mi cuerpo necesitaba agua. Pero no había. La única opción líquida era la sidra, que solo era agregar nafta a un fuego desde hacía rato incontrolable. Ya entendí, basta por favor, decía mientras bebía sin opciones, soportando esta alegoría del Dante, que con su cara de estatua loca me reía fuerte en la oreja.  

Otra vez estaba solo. Los otros me habían invitado y tratado de obligar a ir a un baile en Atlántida, pero yo me escapé. Fingiendo mandados y yavuelvos me fui a caminar esperando no encontrarlos a la vuelta. Estar con otras personas era un esfuerzo sobrehumano y agotador. A la vuelta se habían ido. Entré a la cucha y como si fuera un ladrón agarré mi propio walkman, cerré y me fui a hablar con la serpiente de la zanja. Pero en el camino me olvidé de doblar, distraído por las luces de neón que del amarillo blancuzco habían pasado a ser verdes y azules. Decidí ir a la playa, a pesar de ser seguido por una docena de extraterrestres petisos, cabezones y flacos, que venían detrás mío a pocos pasos por el camino y cuchicheaban entre sí. Me miraban y comentaban entre ellos. Yo los veía por la sombra que proyectaban al pasar bajo las escasas luces, y me hacía el que no me daba cuenta. De última no molestaban. Pero los aguanté hasta que empezaron a reírse de mí. Me di vuelta y al no verlos supe que eran unos caretas, unos rompehuevos que querían molestar, así que les canté cuatro verdades y los eché, que si vienen a joder ya se pueden ir yendo. Me di vuelta y seguí al mar, al tiempo que Man Ray se ponía desde la radio con la música incidental. En  el Caribe Sur, decía ella, y su voz como un susurro tibio que cosquilleaba en la mente, la disculpaba de lo banal, dulce y nítida se elevaba de la intrascendencia, haciéndome olvidar el miedo. Capaz por eso solo atiné a reírme al pensar en el temblor, que ya empezaba a llegar.    

 

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