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 LA MÚSICA ESTÁ ENFERMA, NOSOTROS TAMBIÉN
 Retrospectiva del rock uruguayo de los '80

Por Lorena Bello 

 

El rock uruguayo suma ya varias décadas, enmarcadas en contextos históricos que definen y condicionan las manifestaciones culturales de cada momento.  Después de un número de DELTOYA temáticamente dedicado a la década de los ’70, con una mirada espacialmente perdida en un calidoscopio psicodélico, seguimos adelante en el tiempo para sumergirnos en la oscuridad de los '80, haciendo un especial hincapié en el rock uruguayo.

 

Para ello es preciso entender el contexto en que aquellas expresiones salían a la luz, después de una dictadura que abarcó casi la mitad de la década.  Con el regreso a la democracia en 1985 hubo una necesidad de gritar sentimientos censurados, de decir por fin lo que antes estaba prohibido, de expresar la desazón por la opresión, de liberar los corazones clandestinos.   Los artistas pudieron dejar atrás las letras en clave, con ideales disfrazados para burlar la censura, y decir explícitamente lo que sentían, con mensajes tan directos como descriptivos de una época, cuando se los contempla veinte años después.  Surgía una camada de jóvenes que adoptaban los sonidos que aquí no habían podido llegar en tiempo real, tomaban como propia la revolución punk que en el hemisferio norte había comenzado en 1977, para dar lugar a la segunda generación del rock uruguayo. 

 

El rock uruguayo de los '70 no sobrevivió a los '80, muchos de aquellos músicos estaban exiliados, o retirados, o dedicados a otras cosas.  Por lo que esa nueva generación de jóvenes con inquietudes casi no tuvo referentes mayores en los que mirarse, prácticamente tuvieron que volver a empezar todo, y aprender a golpes a hacerse desde abajo.   

 

 

Los registros gráficos que quedaron de esa época son mayoritariamente revistas, fanzines y suplementos, y muy pocos libros, de los cuales el más importante se llama "Fuera de control" y lo escribió Alfonso Carbone, quien durante toda la década de los '80 fue el principal responsable de la pequeña 'industria' del rock uruguayo.  Carbone tuvo la original idea de darle forma de empresa a un movimiento huérfano.  Fue el padre de deliciosas criaturas como el compilado "Grafitti", el festival "Montevideo Rock", el sello discográfico Orfeo, la disquería Palacio de la Música, Emisora del Palacio, el programa radial "Ruta 66", el suplemento "Rock de Primera", los programas de tevé “Video Clips” y “Control Remoto”.  Tenía un monopolio:  los artistas, los medios de difusión, la producción de los recitales, el sello editor, la disquería.  Todo se hacía por primera vez, por lo que el juego de prueba y error valía para todos los actores de ese engranaje.  Los músicos aprendían cómo grabar cuando ya lo estaban haciendo, aprendían a sonar en vivo arriba del escenario, conocían las reglas del mercado después de firmar sus contratos.  Mientras, Carbone aprendía el negocio, él era el jefe y los músicos sus empleados:  al jefe no le gustaba lidiar con la rebeldía de sus artistas, siempre desconformes con el trato, con la poca plata ganada, con el sonido, con las cortas horas de grabación, con la escasa difusión, con la frustración de no poder hacer la revolución con sus canciones. 

 

En los '80 estuvo de moda el rock, pero de una forma diferente a como lo está hoy.  Si bien las comparaciones son odiosas, más cuando vivimos contextos tan diferentes, sí hay elementos para añorar aquellos años y a la vez lamentar que ciertas cosas no sean de la misma manera.  Por ejemplo, la difusión de la cultura rock, el rock como contracultura.  Si algo tuvieron aquellos años fue la apertura musical, la necesidad de saber, conocer, compartir, aprender y entender al rock como una forma de expresión alternativa, como una ruptura, una revolución artística que proponía un cambio.  Re-evolución.  Hubo en aquellos tiempos, y hasta bien entrada la década de los ’90, una corriente de difusión del rock como mensaje en sí mismo, donde Rock significaba una actitud frente a algo, un compromiso con una idea, una manera de vivir, y era consecuente consigo mismo.  Había una necesidad de marcar la diferencia con lo políticamente correcto, con lo socialmente establecido.  Una postura que el rock encarnó en el mundo desde sus inicios en los años ’50, el rock como revolución cultural.  Y en su evolución se valió de sí mismo para perpetuarse, tomando influencias de sus antecesores, enriqueciéndose con el tiempo hasta diversificarse en subgéneros y estilos.   

 

 

Durante los ’80 en Uruguay el rock era la novedad, el sonido reprimido y combativo, y la juventud de la época tomó esa bandera para expresarse.  Los 11 años de silencio de la dictadura provocaron que se abrieran de golpe todas las puertas de acceso a esas formas de expresión.  Todo era nuevo e inquietante, un mundo musical por descubrir y por hacer.  Y de la misma forma que con esas inquietudes nacieron infinidad de bandas en nuestro país, había toda una historia previa y contemporánea por conocer.  Ese descubrimiento fue posible gracias a las ganas de decir que brotaban de todas partes: no solo los músicos querían expresar lo suyo a través de sus canciones, sino que había una generación de comunicadores que pretendía contar lo que estaba pasando.  Entonces era posible escuchar por ejemplo a Los Estómagos y ramificarnos hacia el tipo de influencias que esa banda podía tener, lo cual a su vez podía remontarnos al origen de un estilo determinado, de tal parte del mundo, con tales y cuales exponentes.  Era muy enriquecedor cuando desde los medios se hablaba de música con propiedad, contando la historia y enseñando a escuchar, mostrando todo para permitir elegir, abarcando el pasado para comprender el sentido de la evolución de la cultura rock, que no solo abarcaba la música, sino una forma de vida representada por diversos elementos asociados a maneras de pensar y de actuar.  Tener actitud rock no implicaba necesariamente colgarse una guitarra, se podía ser escritor, cineasta, artista plástico, periodista, deportista  o lo que fuera, y saberse parte de un movimiento socio-cultural.  Había, desde luego, ideales, apoyados en la –ilusa- esperanza de poder cambiar el estado de las cosas.   

 

Los ’80 en Uruguay tuvieron, pues, divulgación artística.  Eso permitió que por entonces los medios, masivos y underground, no solo informaran, sino también formaran.  Esa formación estaba dada en la posibilidad, como oyentes o lectores, de aprender y conocer sobre música, lo cual permitía enterarse de la actualidad y del pasado, elegir y discernir, tomar posición, buscar más allá de eso, definirse musicalmente.  Y eso, no tengo la menor duda, es lo que se ha perdido hoy.  Hay personas a quienes les debo gran parte de mi conocimiento actual sobre música, que me dieron a conocer artistas, me contaron la historia del rock y me contagiaron de ese afán de búsqueda y capacidad de asombro que aún hoy me acompaña.  Sería muy injusta si no agradeciera eternamente por ello a Daniel Figares, Gustavo Rey, Jean Lousteau, Quique Pereyra, Andrés Zambrano, Alfonso Carbone, Deco Núñez, todas las épocas de El Dorado FM, los últimos años de Emisora del Palacio, CX 50 Independencia, a fanzines como Gas, Solo Rock, a los suplementos El Día Pop, Rock de Primera.  Con tanta cantidad de gente que sabía de lo que hablaba y tenía la inquietud de transmitirlo, personas con las que uno discrepaba o se identificaba, individuos que se animaban a recomendar, a opinar bien y mal, a realizar críticas fundamentadas, se formó mi generación, quizá una de las últimas que absorbió información musical a través de los medios.   

 

Curiosamente hoy el rock suena en todos lados, pero nadie, ni los grupos ni los comunicadores que lo presentan, tienen algo interesante para decir.  Incluso todos parecen pensar igual: todo es bueno porque es uruguayo, loco, y hay que darle para adelante.  Parece como si el rock hubiera comenzado antes de ayer, con No te va gustar.  Nadie tiene la menor idea de lo que hubo antes, ni en Uruguay ni en el resto del mundo, porque no se lo han contado.  Así es posible que un joven pueda ser fan de Trotsky Vengarán sin haber conocido jamás a los Ramones.  Habrá quien me diga que ahora está Internet como una gran fuente de acceso a material antes inaccesible, pero preguntaré:  ¿cómo llega alguien a buscar lo que nadie le recomienda?  Actualmente, ni siquiera los propios músicos en las entrevistas hablan de música.  Todo gira en torno al mercado de oferta y demanda.  Se hace música por encargo, se difunde música por encargo.  Y el público consume lo único que conoce, sin pensar en cuestiones relativas a la calidad, a la composición, a la poesía, a las influencias, a la trayectoria.  Debe ser el único país donde la degradación cultural llega al límite de negarle a las nuevas generaciones la posibilidad de conocer a las anteriores:  los discos de rock uruguayo de los ’70 y ’80 no están en las disquerías ni se guardan en las discotecas de las radios.  El público de hoy cree que “Ahuyentando el miedo” la compuso La Trampa, y si por esas casualidades se entera que perteneció a un grupo llamado Zero, no tendrá dónde conseguir ese material.  Se niega un pasado mucho más rico desde el punto de vista artístico, amparándose en la patética excusa de que antes sonaba mal (olvidando que lo que hace a la actitud misma del rock es precisamente la desprolijidad).  Se quiere olvidar una etapa culturalmente más inquieta con el argumento de que era depresivo, o rebelde, como si esos fueran sinónimos de algo malo.  No se pone en el mismo plano la música de los ’80 y mitad de los ’90 con la música de ahora, quizás porque ante la comparación del nivel compositivo del pasado con el presente quedaría en evidencia la mediocridad, que es precisamente el eje del negocio.  Cuanto menos sepa la gente, cuanto menos pueda pensar, cuanto más vacíos sean los contenidos y las consignas, más fácil será convencerlos.    

Un momento.  No me propongo afirmar que todo tiempo pasado fue mejor, ni que todo tiempo presente es peor.  Desde el punto de vista artístico todas la épocas tienen lo suyo, dejan su marca.  Existen hoy propuestas artísticas de enorme valor y profundo contenido, como las hubo siempre.  Curiosamente no suelen ser las más populares, pero hay grupos como Buenos Muchachos (que mamaron desde adentro el rock uruguayo de los ’80, participando en aspectos poco reconocidos como el arte de tapa de “Tango que me hiciste mal” de Los Estómagos, dibujado por el vocalista Pedro Dalton), The Supersónicos, Cadáveres Ilustres, La Hermana Menor, Malpaso, entre otros tantos que nacieron en los ’90, en medio de una profunda depresión artística y comercial para la música nacional (que coincidió con la desaparición del vinilo y la tardía aparición del CD, tiempos en los que solo era posible editar en casetes, lo cual perjudicó la difusión y la calidad sonora de las grabaciones), que aún hoy constituyen una alternativa con contenido inteligente y composiciones originales. 

 

Hay también algunas bandas invencibles, dignas sobrevivientes, que lograron trascender sus éxitos y fracasos, para instalarse como clásicos después de dos décadas sin parar, volviéndose masivas gracias a la suma de públicos de varias generaciones, como el Cuarteto de Nos, La Tabaré, La Chancha, y Buitres (quienes después de la disolución de Los Estómagos en 1989 jamás detuvieron su marcha).  Asimismo, hubo promisorias bandas que injustamente quedaron por el camino, y que poco y nada se recuerdan aunque marcaron un punto de inflexión musical en su tiempo, como El peyote asesino (fue la primera banda popular de los ’90 que rompió la quietud reinante con sonidos alternativos), los Chicos Eléctricos (que con desquiciada actitud ‘qué más da’ osaron hacer rocanrol ruidoso y sucio), Cross (hard rock intravenoso hoy transformado en mito, con las letras más viscerales y sinceras del rock uruguayo de todos los tiempos), Gallos Humanos (integrado por el ex bajista de Los Estómagos Fabián 'Hueso' Hernández, que conjugaba poesía maldita con un piano estremecedor), Exilio Psíquico (liderada por el italiano Maximiliano Angelieri junto a Orlando Fernández, una propuesta rara, con letras bizarras y estilo indefinido).  Y justo es recordar a Traidores, banda emblemática de los ’80, que intentó su regreso en varias oportunidades durante los ’90 (dejando incluso varios discos en vivo), que finalmente desistió y colgó los instrumentos (nadie puede negar la enorme influencia que el guitarrista Víctor Nattero y el vocalista Juan Casanova tuvieron sobre una decena de grupos que quisieron seguir los pasos de estos dos primos carismáticos, quienes fueron los primeros punk y también los últimos).   

 

Es más, y juro que años atrás no podía imaginarme diciendo esto alguna vez, el grupo Níquel, que también nació en los ’80 pero fue duramente discriminado por el público debido a su actitud soberbia y su grasoso coqueteo con el marketing, siendo acusados incluso de ‘venderse al sistema’ (juicio que solía aplicarse muy seguido en aquellos años, bastaba que un grupo tocara para una marca –sí, una marca como Coca Cola, Pepsi, Pilsen, Philips- para ser acusado de ‘vendido’ y perder el respeto de gran parte de su público), si se lo escucha hoy y se lo compara con el rock uruguayo que suena en las radios, merecería ser revalorizado por su calidad artística y compositiva (Níquel parece Led Zeppelin al lado de NTVG). Al menos Níquel no incentivaba a su público a revolear la remera ni confeccionaba mochilas con su logo, y hasta donde me alcanza la memoria siempre se hicieron cargo de su propuesta sin contradecirse entre lo que hacían y pensaban, a diferencia de La Trampa, banda de influencias ochentoso-milongueras, que terminó siendo parte del engranaje marketinero que sus músicos siempre criticaron públicamente, aunque hoy se ofendan cuando se lo recuerdan.

 

Lo que sí importa comparar entre una y otra época es el nivel de formación cultural de quienes fueron y son los voceros de lo que pasa, la actual falta de transmisión de un bagaje histórico y cultural a través de los medios, que permita la formación del público.  Se extraña el tiempo en que existían medios ‘caretas’ y medios ‘con cabeza’, y uno se alineaba detrás de una u otra propuesta hasta volverla una causa personal, buscando siempre más información, más material para seguir alimentando esa sed que desde los medios nos habían provocado, fomentando nuestra curiosidad y nuestra capacidad de elección.  ¿En quién podemos reflejarnos hoy, cuando gran parte de la formación musical del público recae en desinformados oportunistas como Petinatti?   ¿Cuánta gente de la que está en los medios tiene conocimientos de lo que habla?  ¿Cuántos se animan a opinar, a criticar, a cagarse en el corte difusión que les manda el sello discográfico que pauta en la radio, y se atreve a decidir qué música pasar?  ¿Dónde quedó la transmisión de información cultural? ¿Qué fue primero: el vaciamiento artístico del rock uruguayo o el vaciamiento de contenidos de los medios –supuestamente- especializados?  Esta última pregunta podría responderse:  una cosa no podía ocurrir sin la otra.  Y así estamos.

 

DELTOYA rinde su homenaje al rock uruguayo de los ’80.  No para decir que fue mejor sino para ser honestos con la memoria y traer al presente una infinidad de propuestas que han pasado al olvido, en muchos casos injustamente.  Y porque nos interesa seguir el paso del tiempo, antes hablamos de los ’70, ahora les toca a los ’80...  y esta historia continuará, siempre que valga la pena contarla. 

   

LOS GRUPOS DEL ROCK URUGUAYO DE LOS '80

(Por Damián Pérez)

 

PUERTAS DE ACCESO AL ROCK URUGUAYO DE

 LOS '80

(Por Damián Pérez)

 

LOS ESTÓMAGOS 

(Por Noemí Mezzone)

 

LOS TRAIDORES

(Por Noemí Mezzone)

 

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