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JESÚS QUINTERO
El rey de los silencios

Palabras cruzadas

 Por Nelson  Barceló

¿Qué tienen en común Paulo Cohelo, Arturo Pérez Reverte y Victoria Abril? Tal vez el inquieto andaluz Jesús Quintero pueda responder esa pregunta tras haberlos entrevistado en su último ciclo de El loco de la colina.  

Cualquier formulario completado por Jesús Quintero diría: “Soy sólo”. Y esa es su marca de fábrica, con una carrera desplegada mediante programas de autor logró trasladar dicha fama por varios continentes. Ahora volvió con su ópera prima El loco de la colina, que comenzó como un programa de Radio Nacional de España, y terminó forjando una línea a seguir por numerosos comunicadores. Quintero es un creador, pero también una creación y juega con ello al denominar El Silencio a su productora. No es un mero charlatán y apuesta a la calidad por encima del éxito pasajero. Por tanto supo hacer Trece noches, un programa construido mediante diálogos con el escritor español Antonio Gala, y tiempo después recorrió decenas de cárceles para entrevistar reclusos en Cuerda de Presos.  

El loco de la colina es un fascinante talk show que calza a la medida del andaluz. El auténtico show de la palabra donde Quintero es una voz, un tono, que hereda de la radio su habilidad para construir climas y suspender el tiempo con silencios. El programa tiene la particularidad de editar pasajes de diferentes entrevistas a reconocidas personalidades, para abordar una temática definida, formando un puzzle con conversaciones. En esa tónica dedica un programa a tratar como tópico central el poder y la gloria. Quintero charla cara a cara con distintas figuras, desarrolla el relato mediante separadores que sirven como nexo entre las entrevistas o los números musicales en vivo, y todo remite al tema que trata en ese capítulo. Eso lleva a perder el hilo de quien estaba hablando, pero no sobre qué se estaba hablando. Los nombres son contingentes, y las ideas se tornan vitales para un envío de éstas características. Cada entrevista revela la magnífica predisposición del invitado ante Quintero, su programa debe ser el único talk show donde no pagan a sus entrevistados, quienes prefieren la calma de la colina. Por su mesa desfilan desde Ana Torroja, pasando por Antonio Escohotado, hasta Felipe González. Así edifica momentos inolvidables mediante diálogos mano a mano con sus invitados. 

Hombre de palabra y veloz para la repregunta, compone hábiles cuestionarios con sesgo filosófico para sacar al invitado de su microclima. A veces va del existencialismo al absurdo, como la entrevista a Alejandro Jodorowski donde pregunta si follar es revolucionario; y el escritor contesta: “depende en qué posición lo hagas”. Porque preguntas y respuestas que rara vez tienen cabida en los medios aparecen aquí, por ejemplo cuando el ministro de Interior Alfredo Pérez Rubalcaba manifiesta la manipulación que ejerció el -por entonces- Presidente Aznar tras los atentados del 11 M responsabilizando a ETA. En El loco de la colina también hay lugar para sorprendentes anécdotas, como la visita de Antonio Banderas a Bill Clinton, cuando el actor preguntó: ¿Cuál es el papel que juega Ariel Sharon en la segunda Intifada? Y la respuesta de Clinton que recién llega cuando se libera de custodios: “Ese hombre es responsable de la situación actual de Israel y los acontecimientos últimos”. Así deja latente la presión y el temor de Clinton, quien esperó hasta quedar a solas con Banderas para responder su pregunta. Revelando la escasa libertad que tenía por entonces, aún siendo uno de los hombres más poderosos del planeta. A su vez, la distensión que reina en cada programa induce al Subcomandante Marcos a realizar una autocrítica sobre su accionar y habla de las negociaciones con ETA. O nos regala momentos pico de la tevé contemporánea, como una borrachera del escritor Fernando Arrabal en un set de televisión. Lo vemos tambalearse, desvestirse, salir de cuadro a orinar, agarrarse de las cámaras para no caer, sentarse sobre una mesa y abrazarse a los contertulios balbuceando: “¡no sabes cómo te quiero!”. Arrabal explica que empezó a beber vino a los sesenta años, entonces tras tomar una copa y salir al aire debió hacerse un lavaje estomacal. 

Quintero pregunta sobre sexo, amor y muerte; armonizando sus entrevistas con el buen gusto que dispensa una escenografía sobria e  iluminación tenue, mientras suena "Shine on your crazy diamond” de Pink Floyd, o “Saeta” de Miles Davis. Entre pañuelos de seda, rimel y chaleco, el misterioso andaluz preguntón nos recuerda que es un magnífico entrevistador y tiene la cualidad de hacer interesante y entretenida cualquier conversación mediante preguntas simples que propician respuestas complejas. De aspecto taciturno, con un ritmo digno de la madrugada, Quintero dispara frases y preguntas inquietantes a sus invitados de turno.  

La entrevistadora profesional María Esther Giglio cuenta que las claves para realizar una buena entrevista son la carencia del coraje necesario para hablar por boca propia (por tanto busca un interlocutor); la habilidad para mostrar el lado oculto del entrevistado, aquel que su vida pública no deja ver; y asegura que el reportaje es algo muy femenino pues al ser menos ambiciosas no les importa tanto como a los hombres parecer muy sagaces. Desde su ambigüedad, Quintero cumple con esos requisitos y El loco de la colina reintegra a la televisión el género de la entrevista. Promete una televisión sensible, que aprecie las sutilezas del alma y las creaciones del espíritu. Una televisión que se emociona, vibra y cree en la supremacía del pensamiento. Y fiel a sus promesas se despide con una reflexión sobre el poder y la gloria:  Yo sería incapaz de establecer una regulación adecuada de la propiedad, pero se que la pobreza, esa pobreza que obliga a vender la libertad para sobrevivir, es un destino que desfigura la vida de muchas personas. Definitivamente no tengo soluciones, soy solo un soñador que siembra la noche de palabras, solo un loco que expresa el dolor del mundo en las imágenes de un mal sueño”. Ha dicho.

 

 

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